El secuestro de un empresario español activó una presión diplomática inédita sobre el gobierno mexicano. Una llamada aceleró la cacería del criminal más temido de los noventa.
A diferencia de Adán Augusto López o Marina del Pilar Ávila, de trayectorias cuestionables, el caso de Ruffo es particularmente delicado porque el primer gobernador de oposición tenía una reputación de hombre honesto
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